En la literatura infantil la muerte es un tema difícil de tratar, sobre todo si es violenta y, peor aún, si quienes mueren son niños_ No me pregunten cómo es posible que alguien logre tocar el escabroso tema, y además lo haga así_ de una manera tan sencilla_ tan clara_ tan bella_. En La balada de los niños muertos, Efraín Blanco juega con las palabras para contar, de forma original y sorprendente, lo que pasa en Gatonegro, un pueblo habitado por alebrijes y fantasmas; un lugar en donde la tierra pide descanso para sus muertos, y los niños sueñan que siguen vivos.