La etnografía ha experimentado cambios teóricos importantes, destaca la ruptura con el positivismo y el evolucionismo, que habían definido al oficio hasta bien entrado el siglo XX. Un nuevo argumento epistémico, atribuible a la sociología comprensiva, es que la realidad social no es ajena al mundo subjetivo de quien la interpreta. Esto contribuyo a dejar atrás la objetividad como garante de validez científica en la investigación empírica. Además, se reconoció que la vida social urbana también es susceptible de ser observada etnográficamente, por lo tanto, el trabajo de campo no tendría por qué circunscribirse sólo a los contextos agrícolas y campesinos que, por cierto, eran considerados como lugares exóticos propis de la vida indígena. Aunque en este libro se hace una discusión sobre el surgimiento de la etnografía como disciplina fenomenológica y su relación con la sociología constructivista, el propósito central es reflexionar sobre la relación entre ética, empatía y confidencia en el trabajo de campo. Se trata de un dilema poco analizado, pues no parece haber un consenso en ciencias sociales sobre las cuáles deben ser los límites empáticos al hacer etnografía. Así el autor se pregunta hasta qué punto tenemos que vincularnos con la gente que participa en los estudios etnográficos y por qué es importante garantizar el anonimato de las personas entrevistadas. Además, se presentan estudios de caso en la Ciudad de México con el fin de mostrar algunos de los retos que implica el oficio etnográfico en un país con estudiantes agraviados por la violencia